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 Recuerdos 

Juan Castro Flores: el poder de la razón

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Juan Castro Flores nació en la parroquia luguesa de Tirimol en 1908. Hijo de labradores, al concluír el bachillerato cursó estudios en la Escuela Normal de Lugo. En febrero de 1932 llega a la villa de Portomarín para ocupar una plaza de maestro en la que estaría hasta marzo de 1973. Más de cuatro décadas de magisterio dejaron una honda huella en generaciones de vecinos del viejo y del nuevo Portomarín, municipio al que siempre consideró como propio.

Las circunstancias políticas e históricas truncaron en parte su carrera. Sus simpatías republicanas le impidieron tomar posesión de una plaza que había aprobado en 1936: la de Inspector de Enseñanza Primaria. Pero afortunadamente, Castro Flores conservó la de maestro en Portomarín y en este municipio fue posteriormente casi todo: juez de paz, secretario de la cámara agraria local e incluso alcalde durante un breve lapso de tiempo (1952-1953).

Un ex alumno suyo que también sería posteriormente alcalde, Eloy Rodríguez, lo recuerda como un hombre “extraordinariamente trabajador, honrado y que formó brillantemente a muchas generaciones”. De la misma opinión es Manuel Castelo: “Fui alumno suyo desde los siete hasta los catorce años y no tengo más que buenas palabras. El nombre de Juan Castro es muy importante para Portomarín”. Otro de sus pupilos en la escuela, Genaro Somoza, subraya que lo que más le impresionaba del maestro era que “no enseñaba imponiendo, él te enseñaba a razonar”.

Castro Flores tuvo una hija y un hijo que se criaron en Portomarín. Juan Luís Castro Somoza, que cursó estudios primarios con el padre, acabaría siendo abogado del estado. Una hija de éste y nieta del viejo maestro, Consuelo Castro Rey, también abogada del estado y primera mujer en acceder a la Real Academia Gallega de Jurisprudencia recuerda a su abuelo como un hombre con el corazón ligado para siempre jamás a Portomarín: “Al jubilarse se marchó a Lugo y al final murió en Ourense por cuestiones familiares (allí residía su hijo) pero echaba mucho de menos Portomarín y se emocionaba mucho cuando le hablaban del pueblo”.

Consuelo Castro destaca también el alma galleguista de un maestro en épocas nada propicias: “Me ha llamado mucho la atención oírle a algún ex alumno contar que nunca había sabido del himno de Galicia hasta que se lo enseñó mi abuelo en la escuela”. En el plano personal recuerda que su abuelo le hizo un regalo muy especial cuando apenas tenía diez años y soñaba, fruto de sus lecturas, con ser una aventurera. Una mañana le confesó la vocación a seu abuelo y este, esa misma tarde, apareció con un preciado regalo: una brújula.

Marisa Castro, su única hija viva, reside en la actualidad en Madrid. Ella se crió en Portomarín, aunque por cuestión de sexos no tuvo a suyo padre de profesor: “Entonces los niños y las niñas aún íbamos separados a la escuela”. Marisa, que coincide en que Portomarín fue para su padre toda su vida, cuenta por teléfono que guarda en casa un libro de firmas que a modo de homenaje le regalaron los vecinos con motivo de su jubilación.

Y en la villa también recuerdan como en la década de los sesenta, desde su puesto de secretario en la Hermandad de Labradores, Castro Flores animaba a muchos vecinos, especialmente a los más humildes, a abonar las cuotas de la seguridad social en unos tiempos en los que muchos eran reticentes por miedo a que fuera dinero tirado. Aquellos pagos, muchas veces mínimos, sirvieron para que todos aquellos que lo hicieron pudieran acceder posteriormente a las pensiones de la agraria.

Juan Castro Flores, don Juan para sus alumnos, falleció en Ourense en 1982. A su entierro acudieron numerosos vecinos de Portomarín. Nadie olvidaba que a poco más de 70 km enterraban un maestro que, sin nacer en el pueblo, había ganado con creces la nacionalidad portomarinense.