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Patrimonio que emerge en el tiempo

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El pasado como valor también en el presente

Portomarín viejo quedó inundado por el Miño y con él se perdió una de las más hermosas villas medievales de Galicia (En 1946 la villa había sido declarada Conjunto Histórico-Artístico). Una joya de la arquitectura religiosa como es la iglesia de San Juán ya había sido declarada Monumento Nacional en 1931. La memoria del Portomarín viejo está repleto de historias que cuentan un pasado esplendoroso desde la época medieval. Y a pesar de la destrucción y drama humano que trajo consigo la construcción hidráulica, se puede decir que el traslado de la villa fue un mal menor ya que al menos pudieron conservarse algunos de sus monumentos más distinguidos, como es el caso las iglesias de San Juán y San Pedro, el Pazo de Berbetoros o la Casa del General Paredes. Además, el nuevo Portomarín no es, ni mucho menos, la clásica capital municipal que carece de identidad propia. En su momento contó con la implicación de un excepcional arquitecto de la época, Pons Sorolla, que fue quien de diseñar un nuevo poblado con una mezcla de modernidad y tradición. Junto a un paisaje de belleza innegable, el ayuntamiento dispone de un patrimonio histórico y artístico muy superior a la media de los ayuntamientos de su tamaño.

Este es el Portomarín nuevo que cincuenta años después, como todos los ayuntamientos rurales, mira al futuro, sin renunciar a su pasado, y que se reinventa cada día.

Los puentes de la vida

Comprender Portomarín sería imposible sin referirnos a sus sucesivos puentes sobre el Miño. Estos pasos fueron testimonio excepcional del paso de gentes y mercancías de una y otra orilla del río, y a ellos se debe el esplendor histórico de Portomarín. Aun hoy, a la entrada de la villa pueden contemplarse los restos del que se presume que es el puente romano construído en el siglo II y que durante muchos siglos fue la principal infraestrutura sobre el río Miño, con 152 metros de longitud y 3,30 metros de ancho.

En 1933 se construyó un nuevo puente que resolvería los problemas anteriores. Sin embargo, la construcción del embalse de Belesar hizo que esta obra de la ingeniería civil, aún en pie, esté sumergida la mayor parte del año. En 1964 se inauguraría el puente actual, obra de un joven profesional que llegaría a ser uno de los principales referentes de la ingeniería española del siglo XX: el madrileño José Antonio Torroja Cavanillas.